La música mapuche es el conjunto de prácticas sonoras ceremoniales y cotidianas del pueblo mapuche de Wallmapu (sur de Chile y suroeste de Argentina). Se caracteriza por el uso de instrumentos tradicionales como el kultrún (tambor ceremonial de parche único), la trutruka (trompeta natural de madera y cuerno), la pifilka (flauta de una sola nota), el trompe (arpa de boca) y las cascahuillas (sonajas).
Sus cantos (ül/ülkantun y tayül) suelen ser monódicos, con melodías pentatónicas o tetratónicas, contornos repetitivos, acentuación flexible y una fuerte relación prosódica con el mapudungun. El pulso es cíclico y se articula frecuentemente con patrones ostinati de kultrún, que conectan el tiempo musical con la cosmovisión y el calendario ritual.
Funcionalmente, la música mapuche acompaña ceremonias como el ngillatun y el machitún, y también aparece en contextos de trabajo, juego y transmisión oral. En el presente, convive la práctica tradicional con fusiones contemporáneas (folk, rock, hip‑hop, metal), donde se preservan timbres e imaginarios mapuche a la par de nuevas poéticas urbanas.
La tradición musical mapuche antecede a la conquista europea y está indisolublemente ligada a la lengua (mapudungun), a la medicina tradicional y a la ritualidad comunitaria. Los cantos tayül y ül se transmitieron de forma oral, con roles y repertorios diferenciados para machi, kimche y cantores/as comunitarios.
Durante los siglos XVI–XIX, la música mapuche mantuvo sus funciones ceremoniales a pesar de procesos de reducción territorial y misionalización. Crónicas y etnógrafos registraron el kultrún, la trutruka y la danza purrún, pero muchas descripciones pasaron por filtros externos, por lo que la memoria viva comunitaria siguió siendo la principal fuente de continuidad estilística.
A lo largo del siglo XX, investigadores chilenos y argentinos realizaron grabaciones de campo y descripciones organológicas, mientras artistas mapuche comenzaron a presentarse en radios y escenarios folklóricos. En paralelo, elementos y símbolos mapuche se filtraron en el folklore nacional, y la “nueva canción” chilena dialogó con la poética indígena, aunque desde estéticas mestizas.
Desde fines del siglo XX y sobre todo en el XXI, crece una revitalización liderada por intérpretes y comunidades que priorizan el uso del mapudungun, ceremonias abiertas y pedagogías comunitarias. Surgen proyectos que fusionan instrumentos como kultrún y trutruka con guitarra, bajo, batería, o bases electrónicas y hip‑hop, dando lugar a subescenas urbanas mapuche en Temuco, Santiago, Neuquén y Bariloche. Este proceso enfatiza tanto la continuidad ceremonial como la afirmación identitaria en contextos urbanos y digitales.